Aterrizamos de noche y ni bien bajamos del avión, empezamos a comprobar que los inviernos turcos son realmente fríos. Queríamos hacer todo sin perder un minuto, para tratar de alcanzar los últimos transportes públicos que van hacia el centro (no considerábamos elegir otra opción, como tomar un taxi o pasar la noche en el aeropuerto hasta que se reactivara el servicio, idea que no nos simpatizaba en lo más mínimo al haber pasado las últimas 20 hs dentro de un avión). Los trámites aduaneros fueron rápidos, retiramos las mochilas, cambiamos algo de dinero para movernos, buscamos la estación dentro del gran aeropuerto, y cuando finalmente alcanzamos el metro, nos relajamos. Prueba superada! Una hora y dos transportes después, llegábamos a Sultanahmet.

Por lo general, tratamos de viajar con el alojamiento reservado para el 1er día del viaje, más que nada porque después de muchas horas de vuelo, nos deja más tranquilos saber que tenemos un sitio donde dormir al llegar, sin preocuparnos por regatear o ir de acá para allá para comparar precios. Más aún si llegamos de noche a una ciudad totalmente nueva para nosotros. Esta vez, no teníamos nada. Sólo una vaga idea de la zona donde queríamos alojarnos. Era tan tarde que prácticamente no había movimiento en las calles. En ese momento aún no sabíamos que observar la ciudad en esas condiciones, tan desolada, silenciosa y tranquila  sólo podía darse a esas altas horas de la noche.

Empezamos a caminar, guía en mano, hacia la zona de los hostales. Nos equivocamos un par de veces de camino, y no había nadie como para consultarle si estábamos yendo en la dirección correcta, sumado a la oscuridad que no nos permitía leer el nombre de las calles en nuestro diminuto mapa, por lo que terminamos prácticamente con la cabeza metida dentro de la guía. Hasta que en cierto momento, levantamos la mirada para verificar si estábamos encaminados. Y ahí fue. El flechazo. La vi, la vió, la vimos. Allí estaba ella, iluminada y solitaria, frente a nosotros. Deslumbrante como hace 400 años. Tan hermosa que casi se me pianta una lágrima. No podíamos pensar en otra cosa que no fuera contemplarla. En ese instante, creo que la Mezquita Azul era lo más bello y perfecto que habíamos visto en mucho tiempo. Nos quedamos mudos, en parte por la emoción, y en parte porque el cansancio y el frío no nos permitían gesticular palabra alguna.

La Mezquita Azul… bella, bella

Reflejos: Mezquita Azul doblemente bella

Reflejos: Mezquita Azul doblemente bella

Cuando logramos apartar la mirada de ella, apareció ante nuestros ojos Santa Sofía, justo en frente, como si estuvieran observándose una a la otra con recelo, en una competencia de egos y vanidades. Impactante. Pero quizás por haber sido la Mezquita Azul la primera con la cual cruzamos miradas, se convirtió en nuestra preferida, por más que Santa Sofía estuviera ahí, a un paso, intentando conquistarnos. Con nosotros no hubo caso. Los amores a primera vista son así.

Santa Sofía, frente a la Mezquita Azul

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Cada vez que planeamos un nuevo destino, pienso cómo será. Nos imagino caminando por sus calles, observando a su gente, fotografiándolo todo. La parte más interesante comienza cuando llegamos al ansiado lugar, y podemos colocarle una imagen real, generalmente bastante distinta a lo que teníamos en mente. Ni mejor, ni peor. Diferente. En esos momentos, nuestro cerebro borra automáticamente la imagen idealizada (o no) que teníamos incorporada, para comenzar a archivar la verdadera imagen, también subjetiva. Al fin y al cabo, hay tantas Buenos Aires, Montevideo o Estambul diferentes, como personas que la conozcan. Así es que un día reseteamos las ideas preconcebidas y nos enfrentamos a una Kuala Lumpur más occidental, a una Bangkok menos caótica, a una Luang Prabang más turística, a una Koh Lipe no tan paradisíaca, o a una Habana mucho más bella de lo que cualquier ciudad moderna puede alcanzar. La sensación podría compararse con leer un libro, y un tiempo después, ver la película basada en el mismo. Todo lo que armamos en nuestra mente, la cara de los protagonistas, los escenarios, las voces, todo, absolutamente todo, se transforma en cinco minutos, por más que la historia sea la misma.

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Nunca nos imaginé en Estambul. Nos soñé en cientos de lugares, pero Estambul no se encontraba entre ellos. Si unos meses atrás me hubieran dicho que en el verano íbamos a estar armando la mochila para viajar a Turquía, no me lo hubiera creído. Tal vez fue justamente eso lo que hizo que esta ciudad (y el país) superara cualquier expectativa. Fue todo tan rápido, tan improvisado, que ni tiempo tuve. Cuando quise comenzar a imaginarlo, ya era tarde y nos estábamos viendo cara a cara con esta ciudad que nos encandilaba a cada paso con su belleza. Dicen que a veces lo que menos planeamos es lo que mejor sale. Quizás el hecho que no fuera un destino pensado, ayudó para que se convirtiera en un lugar soñado a nuestos ojos. Quién sabe!

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Al recorrerla, lo primero que me impactó es que es mucho más occidental de lo que imaginaba. Todo podría indicarnos que estamos en la zona céntrica de cualquier otra ciudad del viejo continente. Sus calles adoquinadas, el estilo arquitectónico de sus viviendas (muchas convertidas hoy en día en restaurantes y hoteles), la forma de vestir de su gente, los medios de transporte.  Y cuando nos estamos convenciendo de que esta ciudad es tan hermosamente europea, los llamados a la oración desde los minaretes de las mezquitas, que llegan a erizarnos la piel al superponerse desde distintos ángulos de la ciudad, nos recuerdan que Estambul también es hermosamente asiática. Una ciudad, dos continentes. Antes del viaje leí por ahí que Estambul es la ciudad más europea de Asia, y la más asiática de Europa.  Existirá  algún sitio descripto de una manera más cosmopolita?

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No caben dudas que una ciudad con 13 millones de habitantes debe ser grande, pero Estambul lo parece mucho más aún por la cantidad de atractivos que tiene para disfrutar. Se necesitan varios días para aclimatarnos al ritmo propio de la ciudad y ver al menos los lugares considerados “imprescindibles” por las guías de viaje. Nosotros estuvimos sólo 6 noches porque teníamos un tiempo limitado en Turquía y había otros sitios que queríamos visitar, pero nos hubiésemos quedado más tiempo porque la ciudad nos encantó, sumado a que nos quedaron en el tintero cosas puntuales que queríamos ver. Por eso podemos asegurar que no hay forma de visitar de manera consciente y productiva los lugares más importantes de Estambul en un par de días. A menos que sólo veamos Santa Sofía, la Mezquita Azul y poco más, sin dedicarnos a callejear, ni a descubrir Mezquitas o rincones menos masificados. De todas maneras, todo sea dicho, hay gente que  la visita en 2 o 3 días y siente que es suficiente, y que más tiempo allí no valdría la pena. Ese nunca es nuestro caso (siempre queremos quedarnos más!), pero puntualmente en Estambul, el tiempo se pasa volando (más aún en invierno, que los días son muy cortos).

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Hay que tomárselo con calma…

Esta ciudad te impacta a cada paso, por más dormido o con jet lag que estés. Callejeando por sus rincones, mucho más europeos de lo que uno quizás podría imaginar, cuesta caer en la cuenta de que se está andando por la antigua Constantinopla. Sí, Constantinopla! Tantas veces la escuchamos en las clases de historia de la escuela, que no parece real. Esta ciudad fue capital del Imperio Romano de Oriente, del Imperio Otomano y de la República de Turquía, y cuando se la fundó allá por el año 600 AC se la llamó Bizancio, nombre que le duró hasta el 330 DC. Luego fue Constantinopla, hasta 1453, época de la que nos quedaron como legado algunas iglesias, palacios, cisternas y la famosa Santa Sofía. Después vino el período de los sultanes del Imperio Otomano, que llegó a abarcar Oriente Medio, el norte de África y gran parte de Europa del Este. En aquella época de esplendor, dicen que por las calles de Estambul se escuchaba hablar turco, griego, armenio, ruso, árabe, rumano, francés, inglés, italiano.  El nombre oficial de Istanbul fue impuesto en 1930. Finalmente fue decayendo, hasta que en la década de los 90 empezó a resurgir, hasta convertirse en lo que es hoy en día. Por eso, cuesta imaginar los siglos de historia que esas callejuelas vivieron.

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Orientarnos en la ciudad, en una primera hojeada del mapa, y a los que venimos de ciudades cien por ciento con forma de cuadrícula, pareciera un tanto complicado. No obstante, al caminarla un poco e incorporar algunos sitios de referencia rápida, veremos que la lectura es más simple de lo que parece.

Estambul está atravesada por el estrecho del Bósforo, que no sólo une el Mar Negro con el Mar de Mármara, sino que también es el responsable de separar Europa de Asia. Una ciudad en el medio de dos continentes no es algo usual. De hecho, sólo existen tres ciudades bicontinentales entre Europa y Asia: Atyrau en Kazajistán, Oremburgo en Rusia, y por supuesto, Estambul  en Turquía. A su vez, del lado europeo la ciudad está dividida nuevamente en dos por el Cuerno de Oro, que separa básicamente el casco antiguo, donde se encuentra el barrio de Sultanahmet y la zona de los bazares, de la parte más moderna. Sencillo verdad?

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La parte moderna y el Puente Gálata, vista desde Eminonu 

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El lado asiático de Estambul

Los principales atractivos turísticos, como Santa Sofía, la Mezquita Azul y el Palacio de Topkapi, se encuentran en Sultanahmet, muy cerca de la zona de los bazares, donde la muchedumbre colma las calles, andando de aquí para allá, comprando y vendiendo. Desde aquí se puede caminar hasta el Cuerno de Oro, donde se encuentra el famoso Puente Gálata, con pescadores a toda hora, un gentío aún mayor (si se puede), cientos de gaviotas revoloteando en busca de alimento, y una de las mejores vistas  de la ciudad, en especial al atardecer.

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Santa Sofía y la neblina matinal… perdidos como turco en la neblina? 🙂

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Faroles en los alrededores del Gran Bazar

Cruzando el puente se llega a la zona más moderna, Beyoğlu, donde se alza la Torre Gálata y la calle peatonal Istiklal, por la que se puede llegar caminando hasta la conocida e insulsa Plaza Taksim.

Como si todo esto fuera poco, al ser una ciudad rodeada de agua que une dos continentes, hay ferries que cruzan el estrecho del Bósforo todo el tiempo uniendo ambas orillas, y viajar al lado asiático, más local, constituye otra interesante visita.

Dejando de lado todos los atractivos que Estambul tiene para ofrecer, hay algo que sin dudas es una de las situaciones que más disfrutamos: caminar por sus calles y perderse entre sus bazares es toda una experiencia para los sentidos. La vista tiene que estar atenta a todo, para no pasar por alto ningún detalle, pero si hay un sentido que es el protagonista en esta ciudad y que debe permanecer bien despierto es el olfato. Estambul es una mezcla increíble de aromas. El ambiente que nos rodea no sería el mismo de no ser por el carácter especial que le brinda el olor a castañas tostadas, a especias, o incluso a café, si pasamos por la esquina del Bazar Egipcio. Podríamos sentirnos satisfechos y creer que con estos dos sentidos “bien abiertos” ya tenemos más que suficiente. Pues no. Estambul tampoco sería la misma sin los gritos de los vendedores ambulantes intentando que alguien compre sus simit (rosca de pan con sésamo), choclos o castañas, o sin los llamados a la oración que se escuchan desde cada rincón de la ciudad y que se funden en uno solo, o sin el sabor de los típicos döner kebaps que venden en los puestos callejeros, o sin la textura suave de las alfombras que sienten nuestros pies desnudos al ingresar a las mezquitas. Es como si todos nuestros sentidos debieran colocarse en modo ON, para percibir de la mejor manera posible cada espacio y cada instante en esta histórica y bella ciudad, que sin dudas no sería la misma sin esos pequeños detalles.

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Especias para todos los gustos

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Interior de una de las muchas mezquitas

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Aroma a castañas tostadas…

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Detalles everywhere

Una mezquita más impactante a cada paso, algunas por lo majestuosas y otras por lo hermosamente sencillas (y sencillamente hermosas), aromas nuevos que percibir, rincones mágicos y colmados de siglos de historia que descubrir. ¿Que seis días es mucho? ¿Cómo pueden ser suficientes 6 días cuando ni una vida alcanzaría para descubrir Estambul a fondo? ¿cómo lograr resumir en 6 breves días una ciudad que tardó siglos en forjarse? ¿Cómo comprender en ese lapso 1000 años de historia? No existe forma, cualquier tiempo resulta breve en Estambul. Miremos el vaso medio lleno: siempre tendremos una excelente excusa para regresar.

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INFORMACION  ÚTIL PARA VISITAR ESTAMBUL

Visado para ir a Turquía: los argentinos no necesitamos visa, y se nos permite permanecer en el país 90 días. Muchos europeos requieren visa, pero se obtiene al llegar al aeropuerto. Siempre conviene verificar aquí esta información, previo al viaje.

Cómo ir del aeropuerto de Ataturk al centro de Estambul:

Todo depende a qué zona de la ciudad queramos ir. Para llegar a Sultanahmet, la forma más económica es tomar el tren LRT, cuya estación está en el mismo aeropuerto. Se debe comprar en las máquinas un jetón (ficha) por 3TRY, y bajarse en Zeytinburnu (es mejor descender aquí que en Aksaray, y si se continuara este recorrido, se llegaría hasta la otogar – estación de bus), donde se debe adquirir un nuevo jetón de 3TRY para tomar el tranvía (en dirección a Kabatas) que nos dejará luego de varias paradas en Sultanahmet. El viaje completo dura aproximadamente una hora, el costo total es de sólo 6TRY y el servicio funciona desde las 6 am hasta la medianoche. Para llegar a la zona de la plaza Taksim desde el aeropuerto, lo más simple es tomar el Havas Shuttle, que circula de 4 am hasta la medianoche. Otras opciones más caras son contratar el servicio de transporte del hotel o tomar un taxi.

Dónde alojarse en Estambul: Las zonas preferidas por los viajeros para dormir son el casco antiguo Sultanahmet o el área de la plaza Taksim y alrededores.  Nosotros elegimos la zona de Sultanahmet, y creemos que fue la mejor opción. En temporada baja, se consiguen aquí habitaciones con baño privado y desayuno incluído desde 30 euros aproximadamente. En Taksim pueden encontrarse opciones un poco más económicas.

Dinero: la moneda es la lira turca (TRY). En el aeropuerto conviene cambiar la cantidad mínima indispensable de dinero para desplazarse hasta el centro, ya que el cambio no es para nada favorable (como en todos los aeropuertos), y además cobran comisión. El cambio más favorable lo vimos en los alrededores del Gran Bazar.

Estambul en vivo y en directo: si quieren ver cómo está la ciudad en este momento, en ésta web pueden verse imágenes de las cámaras instaladas en distintos puntos de la ciudad.