De entrada, todo empezó mal.

Salimos del aeropuerto con el objetivo de ir al centro de El Cairo en transporte público.

No era la primera vez (ni sería la última) que lo hacíamos al llegar a una ciudad, así que no tendría porqué parecer extraño de no ser por algunos detalles. Era de noche, nadie hablaba inglés (mucho menos español), y la parada de bus era una boca de lobo.

Cuando pasaron los primeros autobuses, entendimos que había otro problema. Dos, para ser más exactos. Los números no sólo eran imposibles de leer por estar oscuro, sino que además estaban solo en árabe.

Mi punto de referencia era el Museo Egipcio y la plaza Tahrir. Si lográbamos llegar hasta alguno de esos lugares, el alojamiento nos quedaría cerca para ir caminando (alojamiento que, dicho sea de paso, tampoco teníamos reservado, aunque sí lo habíamos mirado y quedaba en éste edificio).

Intentamos preguntar a las pocas personas que estaban en la parada, y que iban rotando, pero no había forma de hacernos entender. La táctica era hablar lo menos posible en inglés para no enredarlos con las palabras y comunicarnos mediante señas.

– Bus. Egyptian Museum – mientras señalábamos un colectivo que seguía de largo sin detenerse.

– ……

Nada. No había forma. Encogían los hombros y silencio total.

También intentábamos mencionar la Tahrir Square, pero se ve que mi pronunciación era nefasta y el resultado, el mismo: ojos desconcertados, hombros encogidos y silencio.

Pasaron 30, 40, ¿tal vez 50 minutos?.

Los autobuses con rumbos desconocidos pasaban cada tanto, y continuábamos estancados, sin saber cuál tomar. La comunicación nunca nos había resultado tan complicada, ni siquiera en India o en Vietnam.

Nos acercábamos a los choferes, y tampoco podíamos hacernos entender.

Y yo ya empezaba a ponerme nerviosa. No quería dejar que el miedo gane la pulseada. Pero recordemos: era una boca de lobo y nosotros dos ahí parados con las mochilas esperando no sabíamos muy bien qué. Mochilas que confirmaban, junto a nuestro aspecto, que éramos totalmente ajenos al entorno.

Nosotros, los únicos turistas en 200 metros a la redonda. Porque el ingreso al aeropuerto estaba a 200 metros y allá al resto de extranjeros los estaban esperando con carteles con sus nombres para trasladarlos cómodamente a sus hoteles respectivos.  Tampoco eran muchos. No son buenas épocas para el turismo en Egipto. La masividad de hace una década quedó opacada bajo las noticias de escasa seguridad y miedos internacionales.

Miedos a los que uno hace caso omiso pero que recuerda uno a uno cuando lleva más de una hora en una parada de bus, en el medio de la noche, en un país desconocido y con mala prensa.

Que la madrugada nos va a agarrar acá. 

No tenemos alojamiento – Claro, como mencioné, ese era otro detalle. Siempre intentamos tener alojamiento para la primer noche en un país que no conocemos, sobre todo si llegamos de noche. No fue el caso de Egipto.

Porqué diablos compramos un vuelo que llegaba de noche.

Quién nos manda a tomarnos un bus en vez de un taxi.

Con qué necesidad.

Nos van a robar todo (esa triste paranoia latina).

Quiero volver a Roma.

Hasta que llegó él. Nuestro salvador. Un chico de unos 25 años que balbuceaba un poco de inglés, pero con las ganas necesarias para ayudarnos. Un par de señas y el Egyptian Museum fueron suficientes para que mediante gestos nos hiciera entender que esperemos, que él nos indicaría que bus tomar.

Quince minutos después, estábamos arriba del bus, haciéndole mil señas de agradecimiento a nuestro salvador, que además le indicó al chofer dónde queríamos ir para que nos avise dónde bajar.

El autobus avanzó durante una hora por calles totalmente a oscuras, con un casi inexistente alumbrado público. Sólo cada tanto unas pocas luminarias que señalaban algún mercado callejero, con personas y algunos animales cruzando de un lado a otro.

La sensación de «dónde nos metimos» volvió a apoderarse de nosotros. Siendo sinceros, nunca se había ido.

Una hora después, el chofer nos indicaba que nos bajemos. Aquella era nuestra parada.

Ahí, bajo ese puente.

Ahí, en esa oscuridad.

¿En serio?. Sí. Ahí. En serio.

Nos miramos desconcertados. Nos bajamos. Y nos volvimos a mirar.

Dónde nos metimos – capítulo veinte.

La calle era un caos. Porque no era una oscuridad desierta, no. Un ir y venir de gente y coches, incluso a esas horas de la noche. Bocinas y tránsito infernal, como si fuese hora pico (claro, aún no sabíamos cómo era la verdadera hora pico en El Cairo). Eso nos generaba tranquilidad, seguridad. Es increíble como en ciertas situaciones, lo caótico calma.

Buscamos un sitio para sacar el mapa.

¿¡Mapa?! ¿en estos tiempos?. Pero ¡¿si estamos en el siglo 21?!. Lo sabemos y no es que no reconozcamos las ventajas de la tecnología, sino que incluso en esas situaciones preferimos llegar a destino por nuestros propios medios (los motivos son varios y darían para otro post). Así que sí, sacamos el mapa.

Qué lejos que quedó el aeropuerto.

Debemos haber recorrido con el bus esta avenida. 

Tal vez el puente que nos pasa por encima sea el que figura en este punto.

Si éste es el puente, en aquella dirección debería estar el río.

¿El Nilo?. No sé, se supone que hay un paseo al lado del río. ¡Qué raro que no veamos nada desde este lugar!.

¿Y porqué no?. Puede ser, todo es oscuro acá. Y si todo eso fuese verdad, a nuestras espaldas quedaría el Museo Egipcio.

Los mapas me devuelven el alma al cuerpo. Siempre. Una de las sensaciones más placenteras que conozco es cuando estando totalmente desorientada, empiezo a ubicarme poco a poco. Lo desconocido me empieza a resultar familiar, aunque nunca haya estado en ese sitio en mi vida. Encuentro un rumbo, decido el camino a tomar. Equivocado o no, es mi propia decisión. Y eso me calma.

Será por eso que odio el gps, por robarme la posibilidad de ubicarme y elegir por mi misma.

Esta vez no me equivoqué. El río estaba hacia allá, el puente era ése, y el museo quedaba en aquella dirección.

Sin tiempo de saborear la alegría de saber en qué punto exacto del mapa nos encontrábamos, atravesamos la famosa plaza Tahrir y comenzamos a buscar un hostel que aparecía en la guía. Veinte minutos después estábamos dejando las mochilas en nuestra habitación de tres metros cuadrados.

Egipto siempre fue el viaje de mi vida. ¿Qué país soñás conocer?. Para mí, la respuesta fue trivial desde que tengo uso de razón. Egipto, ¿cuál otro sino?. Ahora estábamos ahí, para viajar más de un mes por libre en este destino lejano tantas veces soñado.

Nuestra primer toma de contacto con ese mundo desconocido y único nos desafió desde el minuto uno.

El Cairo no se nos había presentado fácil.

Y todavía quedaban más de 40 días por delante.

Era tarde, el día había sido demasiado largo, y como siempre nos decimos en estos casos: mañana con la luz del día, todo se verá diferente. Inshallah.

como llegar a el cairo

¡Marhaba Egipto!

Cómo llegar a El Cairo: consejos, datos útiles y recomendaciones de transporte y alojamiento

Como ir del Aeropuerto Internacional de El Cairo al centro de la ciudad

Antes de llegar a El Cairo debemos saber que el aeropuerto está a 20 km del centro de la ciudad y el tránsito en El Cairo es caótico, asi que según el medio de transporte que se elija, se puede tardar entre 40 minutos y una hora.

Para ir del aeropuerto al centro de El Cairo hay varias opciones:

La opción más fácil y cara: tomar un taxi. Aunque el traslado será fácil, lo complicado será acordar un precio, ya que el taxímetro no lo van a querer encender. No se suban sin pactar el precio antes si no quieren llevarse sorpresas. En Egipto todo se regatea. Un precio justo para llegar a El Cairo céntrico sería entre 100 y 140 EGP, dependiendo de la capacidad de regateo que tengan. Si no quieren estar regatando, una buena opción es reservar anticipadamente éste servicio de traslado que cuesta 6 dólares por persona y te deja en el hotel que hayas elegido.

Opción fácil más económica: servicio de shuttles compartidos. Para ir al centro del Cairo cuesta 55 EGP y para la zona de las pirámides 100 EGP, aunque no son las únicas paradas. Hay mostradores en las zonas de llegadas de las terminales 1 y 3 donde se puede comprar el ticket. Sino otra alternativa, como dije antes, es reservar anticipadamente éste servicio de traslado privado por 6 dólares que te deja en el alojamiento de el centro.

Alternativa más complicada y barata para llegar a El Cairo: el bus público que intentamos nosotros. En condiciones normales, el bus que se dirige a Plaza Tahrir se toma en una estación que esta en medio de las terminales del aeropuerto. Cuando viajamos estaban haciendo obras en el aeropuerto, asi que la única alternativa era atravesar el estacionamiento de vehículos y tomar el bus en la parada tal como hicimos. Si pensas llegar a El Cairo de noche y sabes de antemano que el aeropuerto estará en obras, tendrías que hacer lo mismo que nosotros. En ese caso, no te recomendamos el bus público porque vas a perder mucho tiempo.

Los buses que van del aeropuerto a Plaza Tahrir son el 381, el bus 400 y el 500, aunque solo el 400 funciona las 24 horas. Recuerden que los números están en árabe lo cual puede complicar las cosas si les toca tomar el bus en la carretera. El ticket nos costó 2,5 EGP y 2 EGP por el equipaje. Si lo toman en la terminal no sé si el precio será el mismo.

Alternativa fácil y barata a futuro: el metro. Aún no llega hasta el aeropuerto pero están construyéndolo para que la Línea 3 llegue hasta él, lo cuál será muy beneficioso porque es el medio más económico de transporte: sólo 1 EGP.

Alojamiento en el Cairo

En primer lugar, si vas a llegar a El Cairo de noche como nosotros, te recomendamos que reserves tu hospedaje con anticipación, mínimo por la primer noche. Estar buscando hotel a las 11 PM y en un país nuevo, no es la experiencia más linda del mundo.

Dicho esto, la zona más cómoda para alojarse es cerca de la Plaza Tahrir. Nosotros estuvimos en el hostel Dahab que queda en el mismo edificio antiguo del hostel Vienna. Las escaleras y el ascensor no dan tan buena apariencia, pero dentro la cosa mejora. La terraza era lo mejor de nuestro hostel, pero las habitaciones privadas eran diminutas.

Otros hostels muy recomendados para viajeros con bajo presupuesto y en esta misma zona son: el Wake up! o el Berlin. Si al mirar las habitaciones se deprimieron un poco, les voy a mencionar tres lugares cercanos, que cuestan un poco más pero siguen siendo alojamientos baratos con habitaciones más agradables son el Freedom o el Tahrir (las camas de dormitorios compartidos están muy buenas porque tienen privacidad con cortinas) o aún mejor, el Hostgram o el Holy Sheet. Estos tres últimos son los más recomendables si están acostumbrados a alojarse en hostels más europeos (en nivel de limpieza, diseño, etc).

Si buscan alojarse en Giza, cerca de las pirámides, la guesthouse Horus está linda, limpia y tiene vistas muy buenas. Algunas habitaciones tienen vista a las pirámides y todo. ¡Y es barata!. Por lo general, los alojamientos en la zona de las pirámides tienen una mejor relación calidad/precio que los del centro. Por ejemplo, gastando muy poco más se puede dormir en ésta guesthouse o en ésta que ambas tienen terraza con una de las mejores vistas de las pirámides y además incluyen desayuno. O dormir en alguno de los hoteles renombrados de la zona como el Panorama o el Giza Pyramids Inn por menos de 40 dólares la doble.

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Vas a poder seguir leyendo de nuestro viaje a Egipto aquí: todos los post de Egipto.

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