Caminamos por senderos que se confunden, que aparecen, desaparecen, se pierden y se mezclan entre los campos del horizonte. De no ir guiados por Doh no sabríamos con certeza si este rumbo que seguimos nos llevaría a algún lado. Como si eso importara. A veces tendríamos que educar nuestros pensamientos al punto que incorporen, sin temor a dudas, el hecho de que el destino, el objetivo, la finalidad, no es lo único que cuenta. Y aplicarlo a los viajes, y a los otros ámbitos de la vida. Aunque estas huellas de búfalos nos condujeran a la nada misma, o nos mantuvieran caminando durante horas en círculos, como si fuésemos una calesita girando sobre algún eje imaginario, ninguno de los que integramos la expedición podría asegurar que el camino fue en vano.

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La abundante vegetación y los bosques que cruzamos en el primer día de caminata fueron poco a poco desapareciendo al alejarnos del valle donde se encuentra Kalaw, y dieron paso a campos cada vez más áridos. El verde se transformó en una paleta infinita de tonos ocres.

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Mientras mis pies avanzan, hundiéndose unos centímetros en la tierra resquebrajada producto de encontrarnos en el final de la estación seca, observo mujeres que labran los campos aledaños. Nada de maquinarias. Esas son realidades tan lejanas que imaginarlas en este contexto no sería más que una simple utopía. El tractor más cercano probablemente se encuentre a unos cientos de kilómetros de distancia, al otro lado de la frontera, en esos países vecinos donde el desarrollo llegó hace unos cuantos años para quedarse. De este lado de la línea invisible, la realidad es otra, y pareciera que nos encontramos a años luz de que lo dejen desembarcar por estas tierras. Mundos tan diferentes, a tan pocos kilómetros uno del otro. Tan cercanos y tan lejanos a la vez. Para nosotros, los foráneos, caminar por aquí se asemeja a retroceder en la máquina del tiempo, pero dudo que a los ojos de los locales seamos una imagen viva del bendito progreso. La tecnología se limita al pico y la pala, y al compartir los unos con los otros los pocos búfalos que sólo los de un mejor pasar económico pueden poseer, para así arar los campos con un menor esfuerzo. Imagino que ésta es la dura vida de campo de la que muchos hablan en occidente, pero que casi ninguno por aquellas latitudes experimenta en carne propia desde la época de sus abuelos o bisabuelos.

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Aquí las mujeres, con sus rostros maquillados con thanaka para protegerse del sol abrasador del trópico, y manos agrietadas que delatan los años de duras labores en el campo, trabajan todas a la par de los hombres. O mejor dicho, los hombres deberían intentar trabajar a la par de ellas, como en buena parte de Asia. Levantan piedras, aran la tierra, abren caminos, construyen puentes, pican montañas, edifican casas. No importa la edad. Las niñas trabajan de la misma forma. Las observo con detenimiento y asombro, porque me cuesta creer la fuerza que desarrollaron. No existen movimientos de liberación femenina, ni pedidos de condiciones de igualdad porque ellas, ellos, todos, están inmersos en una sociedad gobernada por una feroz dictadura, donde para empezar a hablar de los derechos de la mujer, primero se deberían recuperar muchos otros derechos indispensables y comunes a todos, sin diferencias de sexo.

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Mientras avanzamos, las observo y aveces nuestras miradas se cruzan. Ellas dejan por un instante sus quehaceres, esbozan una sonrisa y levantan la mano para saludarnos. Algunas sonríen aun más al escuchar nuestro mingalaba. ¿Qué pensarán al vernos? Por momentos me avergüenzo de mis zapatillas cómodas, de mis manos inmaculadas, de mi cámara de fotos e incluso de mi botella de agua potable (¡potable! ¿somos conscientes de lo que eso significa?¿entendemos realmente lo afortunados que somos al tener acceso a esa fuente vital?), siempre llena para saciarnos la sed con estas temperaturas del demonio. ‘Cuántos lujos‘, pienso. También por momentos siento algo de eso que llaman vergüenza ajena, de unos pocos viajeros con quienes coincidimos en algunos tramos de nuestra ruta, que visten acorde al clima infernal y no a la cultura conservadora del lugar por el que están viajando. ¿Muy difícil es preguntarnos si la manera en que me visto es respetuosa a los ojos y las costumbres de la gente de un determinado país? Al fin y al cabo, somos nosotros los que estamos “de visita”, y por ende, los que tendriamos que adaptarnos, no?

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Así avanzamos (¿o retrocedemos?) durante días. Nuestra rutina comienza despertándonos muy temprano, luego caminamos varias horas entre aldeas y campos secos y algún que otro pequeño bosque, nos detenemos una o dos horas a almorzar en la vivienda de alguna persona local, continuamos caminando hasta completar los aproximadamente 20 km diarios y llegar asi al lugar donde haremos noche antes de que oscurezca, nos duchamos con un cubo de agua, cenamos a la luz de una vela y luego a dormir todos juntos sobre una esterilla en el suelo, una noche en un secadero de ajo de una aldea, y otra en un monasterio budista.

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Somos espectadores, como si de una película se tratase, de la vida del campo, el trabajo duro de los lugareños, la sencillez de los niños de las aldeas que cruzamos a nuestro paso, el compartir innato de la escasa agua de los pozos comunitarios, los paisajes de postal, los ajíes, ajos y jengibres secándose de a miles al sol, y la tierra rojiza y agrietada pidiendo a gritos la llegada de las lluvias del monzón, que aliviarán el calor, darán una tregua a los cultivos y un respiro a los búfalos de agua, volverán de un verde exuberante el paisaje y los arrozales, inundará regiones, traerá mosquitos con sus enfermedades, e incluso se llevará vidas a su paso. Así será el monzón, hasta que vuelva la sequía y el calor asfixiante, y el ciclo comience de nuevo, para repetirse una y otra vez. El ciclo de la naturaleza. El ciclo de la vida.

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Al cabo del tercer día, un poco insolados por la falta de costumbre, vislumbramos a lo lejos nuestro destino. La jornada es la más dura del recorrido por la sequía, la falta de vegetación (y por ende, sombra) y también quizás, el cansancio acumulado. A medida que nos acercamos, no tardamos en confirmar que el esfuerzo valió la pena. Esta vez el sitio que nos recibe es tan maravilloso como el camino que nos condujo hasta él. El lago Inle nos deleita con la inmensidad del agua, una imagen que escaseó en los últimos días y nos hace valorarla con otros ojos.

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el paisaje seco…

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… se transforma en un verde intenso al llegar al lago

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Muertos de calor, buscamos bajo el sol asfixiante un sitio donde dormir. Después de tres intensos días de convivencia, llegó la hora de que el grupo se separe. Algunos buscarán un respiro bajo el split de alguna casa de huéspedes, otros tomarse unas cervezas bien frías que intenten apaciguar la temperatura corporal. Por nuestra parte, sentimos que una cama y el pequeño ventilador que remueve el aire caliente y pesado de nuestra habitación son comodidades excesivas frente a lo que vivimos estos días.

El lago Inle, con sus atardeceres de postal, es bello por cualquier rincón donde se lo mire, pero quedará en nuestra memoria por mucho más que ser un lago bonito, de los que podemos encontrar cientos en este pequeño y maravilloso mundo en que vivimos. Lo harán irremplazable en nuestros recuerdos las enseñanzas que nos brindó el camino hasta él.

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DATOS ÚTILES PARA REALIZAR EL TREKKING AL LAGO INLE

Lugar de inicio: Lo más habitual es salir desde Kalaw, aunque hay otras opciones.

Tiempo necesario: se puede realizar en 2 días, 1 noche ó en 3 días, 2 noches. Nosotros optamos por la segunda opción, en donde el recorrido es más largo y durante los dos primeros días no se cruzan turistas.

¿Es necesario ir con guía?: Si bien preferimos manejarnos solos, esta vez nos pareció que sí era necesario un guía. Además, al menos por el camino que fuimos nosotros, era muy fácil perderse, porque por momentos no era un sendero marcado y se iban atravesando campos de cultivo.

¿Dónde contratar el guía?: Hay unos cuántos sitios donde contratarlos en Kalaw, el pueblo de inicio del trekking. Los que tienen más fama son el Golden Lilly GH y en el Sam’s Family Restaurant. Nosotros elegimos este último, y estuvo todo muy bien, pero es cuestión de averiguar y comparar.

¿Cuánto cuesta?: El trekking de 3 días, 2 noches para 4 personas cuesta 37000 kyatts por persona (pueden consultar el tipo de cambio aquí ), incluyendo el guía y cocinero, un sitio donde dormir, todas las comidas, el barco al llegar a Inle hasta el pueblo de Nyaungshwe, donde están la mayoría de los alojamientos, y te llevan los bolsos grandes hasta el alojamiento que elijas de antemano en el Lago Inle, para que no tengas que transportarlos durante el trekking.

¿Cualquier persona puede realizarlo?: Es un trekking sencillo (no hay que escalar montañas ni mucho menos), pero hay que tener en cuenta que son jornadas largas donde se camina mucho, porque a mitad camino uno no se puede arrepentir!. En promedio son 20-22 km diarios por un terreno con desniveles.

Entrada a la “Inle zone”: al llegar al lago hay que pagar una tasa de 5 dólares por persona. Conviene pagarla en dólares y no en kyatts.

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